En el año 929, Abderramán III establece el Califato de Córdoba, declarando la independencia religiosa del califato abasida, de Bagdad. Esta proclamación del califato contenía un propósito doble: por un lado, en el interior: los Omeyas querían consolidar su posición; por otro, en el exterior: consolidar las rutas marítimas para el comercio en la Mediterránea, garantizando las relaciones económicas con Bizancio y asegurando la subadministración del oro.
Tras la ocupación de Melilla en 927, a mediados del siglo X, los omeyas controlaban el triángulo formado por Argelia, Siyimasa y el océano Atlántico. El poder del califato se extendía, asimismo, hacia el norte y en el 950 el Sacro Imperio Romano-Germánico intercambiaba embajadores con Córdoba.
Esta es la etapa política de mayor esplendor, en la península Ibérica, de la presencia islámica, aunque la misma durará poco tiempo ya que, en la práctica, su apogeo acaba en el 1010. Oficialmente, el califato continuó existiendo hasta el 1031, año en el que el califato fue abolido dando paso a la fragmentación del estado omeya que se transformó en diversos reinos conocidos como reinos de Taifas.
Estos reinos aparecieron como consecuencia de la fitna o guerra civil provocada por la posesión del trono entre los partidarios del último califa legítimo, Hisham II, y los sucesores de su primer ministro o hayb: Almanzor. En el trasfondo de todas estas luchas existían, también, los agobiantes problemas de la presión fiscal, necesaria para financiar los costos de las batallas bélicas. La división se reprodujo en diversas ocasiones dando lugar a la creación de otras taifas.
Las sucesivas invasiones provenientes desde el norte de África, como la de los almorávides (1090- 1102), las de los almohades (1145 – 1146) y las de los benimerines (1224) produjeron un debilitamiento progresivo de los reinos lo que provocó que, a mediados del siglo XIII, el al-Ándalus quedará reducido al reino nazarí de Granada.
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